Ven aquí, despacio, sin prisas,
Porque siento que necesito hablar contigo,
Porque quiero encontrarme con tus ojos,
Y conversar con tus manos
y descubrir por mí mismo los misterios de tu alma
Ven, ven, no tengas miedo,
No te hagas el fuerte, ni el digno,
No llegues altivo, ni orgulloso,
Solo ven, aquí, conmigo,
Y cuando estés a mi lado,
Cuando los dos seamos conscientes
Del momento en que vivimos,
Cuando el cielo no importe,
Ni las estrellas, ni la tierra.
Cuando nadie más moleste
Y por fin nos desnudemos,
Te diré: Dime, dime, dime
¿qué te pasa?
¿por qué sufres?
¿Qué sientes, y qué lloras?
¿Qué sombras te ensombrecen?
¿Qué dolor te apaga, qué te duele?
¿Qué me esperas, qué te ofrezco?
Y entonces me gusta pensar
Que los dos nos fundiremos,
Que no habrá cuatro brazos,
Sino dos, ni dos bocas juntas,
Sino una, que tus lágrimas
Caerán, limpiando tu semblante,
y que serán de alegría primitiva.
Me gusta pensar que el agua
Saldrá a chorros de mi boca,
Que mi ropa se empapará con la tuya,
Que seremos río, y océano,
Y que no habrá en toda la tierra
Estampa más hermosa, más bella, ni más pura.
Pero es que sé, en el fondo,
Que tu llorarás, y no conmigo.
Volverás a tu casa, con tu risa,
Gritarás tus chistes, y tus gracias,
Contarás mil historias ya contadas,
Y los deslumbrarás a todos
Con tu disfraz de oro y diamantes.
Pero una vez hayas cerrado la puerta,
Protegido de dar la cara al mundo,
Tirarás la llave sobre el suelo,
Quitarás la sonrisa de la cara,
Y caerás, quemado y derrumbado,
Acompañado siempre por tus lágrimas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario